Londres, un pergamino repetido
- Facundo Daireaux
- 24 feb
- 3 Min. de lectura

Las palabras que siguen tienen menos de reflexión y más de expresión. Quizás también más intimidad. Este espacio no deja de ser un lugar donde también deposito eso, lo que siento.
Más de diez años atrás me estaba yendo a Londres con 18. En aquel entonces, me fui sin más que una mochila, sin papeles, a buscar laburo y vivir una experiencia afuera durante 6 meses. Experiencias incontables, e inolvidables.
Me quería desafiar.
Sobre todo, desafiarme a mí, pero también a mis padres, que me dijeron que era muy chico para hacerlo (su no resultó en el elemento decisorio. Su no fue mi sí decisivo, gracias viejos por eso!! Je).
Quería saltar a la aventura.
Pesar mis huevos, para hablar en francés.
Creo realmente que nuestro corazón nos pide aventura.
Ahora vuelvo con 29. Vuelvo con diez años de caminos recorridos (y qué caminos). Ahora vuelvo a las altas finanzas. Vuelvo para hacer frente a una ciudad que me demostró lo niño que era, y que me hizo sentir una soledad desesperante, a muchos kilómetros de mi casa.
Me reencontraré con ese niño.
La vida es un misterio al cual estoy 100% entregado. Cada día me propongo levantar la vara en todo lo que hago. Hacer las cosas con un propósito. Y si hay algo que tienen en común esa experiencia y esta es el propósito que las atraviesa.
Intento que el propósito sea el ingrediente esencial en todo lo que hago en mi vida. Ser mejor persona, íntegramente. Mente, cuerpo, alma y corazón son una sola cosa. Se expanden o se contraen sinérgicamente. Me gusta desafiar los límites. Los propios y los impuestos. Siempre se pueden expandir un poco más, otro poco más, y otro poco más. Y muchas reglas están para romperse.
No quiero sonar grandilocuente con mis palabras. Pero en estos días materializo aquello que tanto busqué. Pateando el tablero cuando fue necesario. Para barajar y dar de nuevo, pero con el norte claro. Con mucho empuje.
Con convicción, determinación, insistencia, y curiosidad. Y una buena dosis de valentía y rebeldía. Con preparación, y con dones que agradezco a Dios.
Cada tablero formó parte de uno más grande, y otro más grande, y otro más grande. Creo que a veces hay que patearlos, cuando lo pide el corazón. Nos sorprendería lo que hay detrás de eso.
Llegué al lugar al que durante mucho tiempo vi inalcanzable. Que tuve en mi cabeza muchos años. Y lo que más me reconforta es haberlo hecho a mi manera, muy fiel a mi estilo. Con mi receta. Hice siempre lo que quise hacer. Nunca me gustó que me dijeran lo que tengo que hacer. Siempre busqué hacer las cosas posibles, pero a mi forma. Hice las cosas con mi bandera, la única que lleva mi nombre. Eso me llena mucho el alma, me emociona.
Ser fiel a uno mismo no tiene precio, y siempre paga las más altas recompensas.
Creo que hay un plan perfecto para nosotros. Solo hay que entregarse. Entregarse no es resignarse. Es darse. Poner toda la carne al asador, sin especular. Sin conservar. La vida es corta para tibiezas innecesarias.
Durante muchos años, quizás cuando más hacía falta, me rompí el orto. Realmente me rompí el orto. Con un hambre y una determinación insaciables. Me rompí el orto para independizarme, para crecer, para levantar la vara. Dije muchas veces que no.
Tengo muchos recuerdos de mirar por la ventana anhelando estar del otro lado, pero sabiendo que ahí estaba el desafío.
Mirando hacia atrás, me emociona saber que me quedé del lado correcto de la ventana.






